Susanna, la sueca que dejó todo por amor y se mudó a Mar del Plata

La joven conoció al que hoy es su marido mientras ambos estudiaban chino en Shanghái, y hoy viven en Mar del Plata

“Lo que más me gusta de Mar del Plata es mi esposo, pero después de eso, me gusta mucho la gente, que es muy amorosa y buena onda”, dice Susanna Melinder, la sueca que dejó todo por amor y ahora vive en la ciudad, en la que piensa quedarse “por mucho tiempo”.

La historia de esta joven de 28 años parece salida de una novela romántica. Después de terminar la escuela, decidió irse de Estocolmo, la capital de su país -en la que nació y había vivido siempre-, directamente a China.

Susanna estudiaba el idioma del gigante asiático cuando conoció a Nahuel, un marplatense con el que hasta ese momento parecía no tener nada en común. Pero en ello reside la magia: él estaba ahí por lo mismo.

Primero, entre clases y tiempo libre, se hicieron amigos. Y luego surgió el amor. No era la primera vez que dos caminos se cruzaban de tal forma en su familia. Inclusive, ella misma es producto de eso: su padre, misionero sueco, conoció a su madre nada más y nada menos que en una pequeña aldea de Indonesia.

Ellos se enamoraron y la mujer oriunda de esa isla también decidió irse detrás del amor. Así fue como se mudó al norte de Europa, y fruto de la relación nació Susanna, quien mucho tiempo después, al cabo, repetiría la historia.

“Estoy viviendo acá en Mar del Plata con mi esposo que es marplatense. Nos conocimos estudiando afuera y después de casarnos vinimos a vivir acá”, dice la joven en una entrevista, durante un paseo por la loma de la avenida Colón.

Y automáticamente resume, en cadena, los acontecimientos: “Nos conocimos en China, estudiando chino. Y después de unos años de ser amigos nos pusimos de novios. Nos casamos en mi país, en Suecia, y tres días después nos vinimos para Mar del Plata”.

Cuando llegó a Argentina, Susanna no conocía casi nada del que sería su nuevo hogar. “Para ser honesta, sabía sólo lo estereotípico de los argentinos: que el tango es de acá, que tienen buen carne (sic), que les gusta el fútbol. Pero bueno, ahora conozco más de cómo es el argentino. Son muy buena onda, muy linda gente, muy hospitalarios”, describe en un español casi perfecto y ya asimilado.

Además de destacar todo esto, la joven se revela amante de “la arquitectura” de la ciudad. “Me gustan mucho estas casonas y las villas que tiene… Castagnino, Normandy… Y me gusta mucho que se usan, que no se pierde la historia. Por ejemplo, hay muchos cafés y restaurantes que están abriendo y eso me encanta”, señala.

Susanna vive cerca de esos sitios, y fue por eso que los eligió de locaciones para contar su historia de inmigración. En suma, al trabajar de manera on line como traductora freelancer de sueco a inglés -y viceversa-, suele aprovechar su tiempo libre para recorrer estos clásicos inmuebles.

Pros y contras

Al igual que casi todas las personas que emigran, Susanna pondera lo que tiene de bueno haber tomado tal decisión, aunque no pierde de vista las situaciones negativas que se producen como consecuencia. Sin embargo, al trazar su balance luce más que conforme.

“De vivir en Mar del Plata me gusta que es muy fácil hacer nuevos amigos”, reitera, en ese sentido, a la vez que admite (mientras sonríe) que lo que definitivamente no le gusta es que “cenan muy tarde”.

Por lo demás, después, le ocurre lo mismo que a la mayoría de los inmigrantes: cuando se encuentra en un lugar, añora el otro. “Cuando estoy allá, extraño los alfajores de acá, el dulce de leche, y obvio los amigos que hice, mis suegros… Y de allá extraño mis amigos, mi familia, algunos postres de Estocolmo que son muy ricos…”, apunta.

Con respecto a cuáles son las consultas que le hacen sus seres queridos desde su país, acerca de sus días como “argentina”, marca directamente una: “Me preguntan sobre la inflación”.

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